Ni por el más, ni por el menos, para dónde vamos, no sabemos, ese parece ser el precepto de Gustavo Francisco Petro Urrego y el gobierno del cambio. El panorama de bifurcación, política y social, que transita Colombia plantea serios debates en las vertientes ideológicas del país. El escenario, de crisis y caos, es perfecto para que desde la izquierda se busque pescar en rio revuelto, se trate de sacar beneficios de toda índole en cada una de las circunstancias que se presentan. Las primeras líneas, los cabildos indígenas, las fuerzas sindicales, las milicias urbanas, las asambleas estudiantiles y los colectivos populares se suman a una convocatoria de Asamblea Nacional Constituyente sin razones claras y objetivas, el problema está en que olvidaron que los argumentos y el dialogo son más válidos que la intimidación que volvió a la escena pública. Colombia es una nación que en el marco del ejercicio democrático dejó las armas y la imposición de argumentos por la confrontación respetuosa de ideas y la concertación de políticas en pro del bien común, es lo que afirma el periodista-investigador-coaching digital, Andrés Barrios Rubio, en la columna de opinión en AlPoniente.com que esta semana tituló «Progresismo en Semana de Pasión» y amplía en el podcast «Panorama Digital».
Para el PhD. Barrios Rubio el discurso incendiario, de Gustavo Francisco Petro Urrego en su recorrido por las regiones, atizó el fuego, exaltó el miedo, y reactivó los temores frente a un socialismo radical extrapolado a Colombia. Salidas en falso de su mandatario toman un aire similar al de Cuba, Venezuela o Nicaragua que llama a la reflexión nacional. Anuncio de una Asamblea Nacional Constituyente, que hizo su presidente en el marco de Puerto Resistencia con la minga indígena en Cali, es la punta de un iceberg que busca desviar la atención del país, eclipsar la inoperancia del gobierno y minimizar la pésima capacidad de gestión que tiene Gustavo Francisco Petro Urrego. Discursos plagados de datos engañosos, desmesura y agresiones contra la oposición, el empresariado y la prensa, trasgreden los límites de la coherencia y agudizan la polarización de los colombianos.
Mitomanía de su mandatario que exalta los ánimos beligerantes de los gestores de paz, las milicias urbanas, los colectivos populares, los cabildos indígenas, las asambleas estudiantiles, entre otros, comienza a tener consecuencias en los altos tribunales donde hacen tránsito expedito las solicitudes de rectificación y retractación pública en contra de quien se autoproclama como el mesías de los oprimidos. Coyuntura de cambio, político y social, que transita Colombia, de mano de la izquierda, se agudiza y encuentra puntos de disrupción en la narrativa de su presidente, pronunciamientos cargados de odio y resentimiento que dirige a las comunidades que visita.