Las alucinaciones de golpe de Estado que acompañan a Gustavo Francisco Petro Urrego son la materialización del resentimiento que exalta a quienes ganaron la presidencia sin principios ni valores. La transgresión de la línea ética revela que para la izquierda la verdad ha perdido todo su valor, la empatía con quienes piensan diferente y con quienes quieren construir un país para el bien común es lejana. El cambio que proclamaron no fue limpio, son muchas las acusaciones sobre las elecciones del 2022 y las explicaciones que se deben dar sobre los techos financieros de la campaña, la recepción de dineros de personas cuestionables, los vínculos con dictaduras continentales, los acuerdos con actores guerrilleros y otros hechos que ahora se investigan. El desorden que enaltece a su mandatario dista mucho de la transparencia que quiere exhibir para aparecer impoluto y por encima de la ley. El deseo de perpetuarse en el poder lo lleva a un afán desesperado por manchar y quemar a sus opositores con difamaciones y calumnias. Es lo que afirma el periodista-investigador-coaching digital, Andrés Barrios Rubio, en la columna de opinión en AlPoniente.com que esta semana tituló «Los delirios de Gustavo» y amplía en el podcast «Panorama Digital».
Para el PhD. Barrios Rubio pánico genera en Gustavo Francisco Petro Urrego el saber que se aproxima la hora cero, el momento de asumir las consecuencias de los actos de campaña. El creciente ambiente de tensión que se respira en Colombia pretende desviar la atención de la investigación preliminar del Consejo Nacional Electoral y el cómo se devela que los adalides de la moral corrieron la línea ética para hacerse al poder desde la izquierda. Colombia tocó fondo con el progresismo socialista y el afán de Gustavo Francisco Petro Urrego de aferrarse al poder. La normalización de las malas conductas y la ausencia de normas y límites en la esfera política indican que la cohorte dirigente de la izquierda es representativa de una facción ingrata de la sociedad para la cual el principio de pensamiento y acción está conformado por el fin que justifica los medios.
El país empieza ahora a ver los efectos de la normalización de ciertos comportamientos, atenuar los casos de corrupción o mitigar la bajeza de lo visto en los «petrovideos». La coherencia de los comportamientos poco éticos se está extendiendo por todo el colectivo colombiano. Quien ahora intenta revertir lo evidente incurre en mezquindades, se victimiza y niega el contexto de la situación. La supuesta violación de los topes de financiación establecidos por la ley para las campañas presidenciales, que ha causado la mayor preocupación, demuestra que lo último para su mandatario es el cumplimiento de las normas. El obstáculo más importante para la izquierda y el progresismo socialista que propone Gustavo Francisco Petro Urrego para Colombia es el propio gobierno del cambio.