Hoy me tomaré un permiso para abordar un tema personal, hablar de lo que es y significa decir… mierda llegue a los 50. Alcanzar el medio siglo no es una mera cuestión de añadir un número al calendario. El proceso de alcanzar esta posición es gradual, no se produce de una sola vez. Se manifiesta de pequeñas maneras: las primeras canas que permanecen intactas, la rodilla que protesta después de correr, la sensación de que las noches se hacen más cortas y las mañanas más largas. Es cruzar un umbral que combina orgullo, asombro y una inevitable conciencia del tiempo. Reconocer que se ha vivido medio siglo obliga a hacer un repaso de la propia vida, que lleva a identificar una serie de logros, errores, amores, reveses y lecciones que han contribuido al desarrollo personal. Es el momento preciso en que la vida invita a hacer balance, a elegir con más cuidado las batallas y a disfrutar más conscientemente de las victorias. También es mirar hacia adelante, sabiendo que los días que se avecinan son menos, pero quizá más preciosos. A los 50, la atención pasa de acelerar el paso a dar zancadas decididas. Es lo que afirma el periodista-investigador-coaching digital, Andrés Barrios Rubio, en la columna de opinión en AlPoniente.com que esta semana tituló «Cincuenta… la mitad del camino y el reto de seguir reinventándose» y amplía en el podcasts «Panorama Digital».

Para el PhD. Barrios Rubio hay ciertas edades que se celebran y otras que se asimilan. Llegar a los 50 es un hito significativo que evoca un sentido de reflexión e introspección, a la vez que es un momento de posibles nuevos comienzos. Es sustancial por el hecho de que simboliza medio siglo de narraciones, logros y pasos en falso. A la inversa, también es de naturaleza ligera, como demuestra el hecho de que, a pesar de los retos afrontados, sigue existiendo un considerable potencial de vida. Llegar a los cincuenta es como hacer una pausa en medio de un largo viaje: se hace un alto, se toma un momento para respirar y reflexionar sobre la distancia recorrida hasta el momento, a la vez que contempla el viaje que se tiene por delante. Se está a mitad de camino, al menos en términos de imaginación. Se llega a una edad en la que ya no se experimenta la intensidad de los veinte años, ni la incertidumbre de los treinta. No es necesario probarlo todo, como suele ocurrir a los cuarenta.

A los cincuenta, se produce un cambio de perspectiva. En lugar de apresurarse para llegar a su destino, la atención se desplaza hacia la selección de rutas más óptimas. Cincuenta es un número redondo, contundente, que se pronuncia con una pausa inevitable. Medio siglo. Parece una narración bastante extensa, semejante a una exhaustiva colección fotográfica, o quizá a un dossier de recuerdos que ha acumulado un peso mayor del inicialmente previsto. Cincuenta suena a tiempo por delante, con caminos aún por explorar y proyectos esperando en la cola. En esta etapa del desarrollo, se hace evidente que el espejo proporciona reflejos precisos, aunque no presenta necesariamente la imagen completa. De hecho, hay una mayor prevalencia de canas y arrugas. A los ojos hay una versión más serena, una versión que ha aprendido a superar las cicatrices que antes dolían, y ha logrado aprendizajes que antes parecían imposibles. La esencia de la juventud se encarna en el cuerpo, mientras que la madurez se plasma en la perspectiva que se tiene de la vida.

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